martes, 9 de mayo de 2017

Diario de viaje II


Abril es capaz de colarse por todas las ranuras del calendario hasta hacerte dudar de si lo quieres o lo amas
Recupero, si me lo permitís, esta frase de una pasada entrada en el blog. La utilizó mi prima Carmen en una preciosa carta que leyó en la iglesia durante nuestra boda. Y, así, ese momento quedó inmortalizado por Rocío Romero. Gracias a las dos por estos tesoros.

Inevitablemente la recuerdo, cuando estoy a punto de hablaros de nuevo de nuestra Luna de miel. Un viaje en barco que comenzó el pasado diez de abril y que, como todos los grandes viajes en la vida, nos dejó la huella que traza los planes perfectos. Esos que apenas organizas y acaban siendo los mejores.  

Y también la menciono porque abril siempre encierra fechas ancladas a mi felicidad. Esta expresión la leí hace muy poco en la dedicatoria que Carme Chaparro utiliza en su libro No soy un monstruo hacia su familia. Abres un libro para dejarte arrastrar por una nueva historia y ahí lo tienes. En las primeras páginas. Lees. Anclarse a la felicidad. Y relees. Y ya está, algo hermoso te ha cogido desprevenido. Algo cambia en tu rostro. Tus ojos se recrean en una palabra utilizada de manera magistral para describir toda una vida. Como quien se agarra a un recuerdo durante ese instante de felicidad. Anclarte. Abril. Boda. Viaje. Anclas. Sin querer y sin preverlo, todo lo que imagino y todo lo que recuerdo con forme escribo tiene relación. 

Levando anclas

Aquellas telarañas de agua y espuma, cada noche iluminadas por las luces de cubierta, nos llevaban a nuevos puertos con el amanecer. Visitamos en total cinco, sin contar el de Bari que fue donde empezamos y acabamos la ruta. Los transportes estaban organizados y no pudimos ver este pueblo italiano. Quién sabe si en otra ocasión.

Una vez vivida la primera toma de contacto, de entrar al barco y ver nuestro camarote con el balcón y las vistas desde él, evidentemente despertó nuestro espíritu explorador. Así que comenzamos a recorrer el barco estrenando nuestro “todo incluido”. Y, con la primera cerveza fresquita en alta mar, fuimos directos a cubierta para ver salir el barco del puerto. Y de esta forma Bari se fue haciendo cada vez más pequeña, mientras tomábamos contacto con nuestros acompañantes de mesa durante la cena. 

El destino que nos esperaba al despertar era la isla griega de Corfú, en el mar Jónico. Primera parada y la única de la que nunca habíamos oído hablar, hasta que decidimos elegir este viaje. El autobús que esperaba en el puerto nos llevó directos hasta el paseo marítimo de la capital, Corfú. Y lo primero que vimos al bajar fue una de las joyas de la ciudad, La Vieja Fortificación (Old Fortress).






Andando, nos adentramos en el pintoresco centro histórico de la ciudad lleno de preciosas tiendas y edificios que respiran su pasado veneciano. Y, ya en el otro lado de la ciudad subimos hasta La Nueva Fortificación (New Fortress) quedando maravillados por las preciosas panorámicas de la ciudad. 





Después de aquel recorrido por Corfú (la ciudad vieja es Patrimonio de la Humanidad desde 2007) retornamos al punto de encuentro del autobús que nos llevaría de nuevo al barco.

Nuestro particular y personal sueño griego continuaría al día siguiente, la fecha de mi cumpleaños, cuando la mañana del doce de abril el barco fondeó en la Bahía de Thira. La isla volcánica de Santorini, originalmente circular con una laguna interna y un cráter, nos saludaba desde el ventanal donde esperábamos para el desembarco que se produciría en lanchas.





La morfología actual de Santorini se debe en parte a una erupción volcánica muy violenta que tuvo lugar en torno a 1627 a.C y que destruyó por completo las ciudades de la isla. Es por eso que la costa occidental se caracteriza por acantilados vertiginosos que caen en picado sobre el mar.


Según nos explicaron aquel día en el diario de abordo, en la localidad de Akrotiri los arqueólogos sacaron a la luz la antigua ciudad, casi completamente intacta y cubierta de las antiguas cenizas.

Cuando llegas a Fira (Thira en griego) tienes dos formas de subir a la isla y así salvar los acantilados. Nosotros optamos por el teleférico aunque también se puede subir en excursión en burro. En un principio nuestra intención era viajar en bus hasta Oia (la famosa localidad de casas blancas con cúpulas azules y molinos) pero la falta de tiempo nos impidió hacerlo. 


Ya desde las alturas quedamos prendados de las vistas de la bahía (y lo que antiguamente fue el volcán). Pudimos recorrer las estrechas calles del pueblo plagado de fachadas blancas y puertas azules. Los pequeños hoteles turísticos que se repartían por muchos puntos del pueblo y las coquetas terrazas que protagonizaban cada uno de los tejados se adueñaban del paisaje mientras subíamos. Y no, no nos quedamos con las ganas de ver cúpulas azules. Subiendo más y más pudimos encontrar dos y así resarcirnos de nuestra infructuosa excursión a Oia.


Fijaos cómo se veía nuestro crucero desde arriba. (El nuestro es el de la derecha )








Para ganar tiempo y ahorrarnos colas en el teleférico decidimos hacer la vuelta a pie bajando las más de quinientas escaleras. Las mismas que bajan turistas montados en burro. Para seros sincera no me gustó mucho aquella imagen, la de estos animales, como si fueran coches, aparcados al pie de las escaleras con el agotamiento visible en sus rostros. 

Cogimos una de las últimas lanchas de vuelta. Aún era pronto para despedirnos de Grecia. Durante el nuevo embarque, la Acrópolis era todavía un sueño. Uno de esos que jamás imaginas que pueden hacerse realidad. Solo faltaban horas para tener el Partenón delante, y nada más pensarlo, emocionaba.

A modo de postdata os contaré que, al leer la primera parte de nuestro diario de viaje alguien me dijo que le habían entrado muchas ganas de irse de crucero. Lo cierto es que nosotros lo recomendamos cien por cien, aunque quizá sea algo aventurado hacerlo. Aunque se haga el mismo recorrido, cada pasajero tiene una historia totalmente diferente que contar cuando llega de nuevo a su camarote. Y así pudimos comprobarlo hablando con el resto de tripulantes durante la cena o las excursiones. En general tuvimos suerte, hizo muy buen tiempo y apenas sentíamos el movimiento del barco porque la mar estaba en calma. Y no siempre puede ser así, más siendo en abril.  

Fue una increíble casualidad que mi cumpleaños coincidiera visitando el destino que más me atraía, Santorini. Pero os puedo asegurar que aquella noche ninguna ciudad hubiera podido estar a la altura de mi gran compañero de viaje. Mi amor me preparó una gran sorpresa la noche previa a llegar a Atenas. 




Gracias por continuar conmigo en este pequeño diario di bordo


Continuará…