sábado, 20 de febrero de 2016

#Cinco



Cuando era niña jugaba a muchas cosas. A las casitas, a los maestros, al elástico o la comba, salíamos las vecinas y yo a la calle a dibujar un tejo en el asfalto o juntábamos nuestras barbies o intercambiábamos lo que nosotras llamábamos hojitas (que en realidad eran folios con sus sobres a juego que se suponía que servían para mandar cartas). Recuerdo perfectamente cómo adoraba el elástico negro que mi madre me compró (el de todas las niñas solía ser gris o blanco y yo veía el mío aún más especial), cómo lo pasaba por detrás de dos sillas y jugaba durante horas a saltar. Guardo también un recuerdo muy especial de los patines blancos con ruedas y cordones rojos que mis padres me compraron y con los que pasaba horas y horas rodando por mi cochera. Aún los conservo. 

Pero no sólo jugaba con todo eso. No sé si era por aquel dado gigante o por esas casillas que se iluminaban, por esos intrépidos concursantes que saltaban de casilla en casilla o por las pruebas a las que tenían que someterse para llegar a la final. Lo más probable es que fuera un compendio de todo, pero El Gran Juego de la Oca me fascinaba.



No sé si os acordáis de ese programa de televisión, presentado por Emilio Aragón junto a Lydia Bosch y Patricia Perez, pero a mí y a mis hermanos nos gustaba tanto que llegamos a recrearlo en la vida real. No cuento con una foto del momento, pero os puedo asegurar que llenar la cochera de casillas (como si de un tejo se tratara) y construir un dado gigante de cartón fue una de las cosas más divertidas que hice de niña. 

Actualmente no me gustan mucho los concursos que emiten por tele pero de niña pasé grandes momentos jugando a ser presentadora. También me fascinaba el programa Sorpresa Sorpresa y sobre todo la carpeta que llevaba siempre en la mano Isabel Gemio. Me fabriqué una a mano para imitarla, y hablaba yo sola ante mi audiencia imaginaria. Recuerdo que de pequeña también me llamaban mucho la atención las tarjetas que llevaban en la mano (y aun hoy algunos las utilizan) para seguir el guión del programa. Por eso conservo ésta de la última vez que fui a ver un programa de televisión en directo.



Quién iba a decirle a aquella niña que le sacaba dos cabezas a sus compañeras de comunión, que siempre pecaba de inocentona y soñadora, que se atrevería a amar una profesión donde vencer la timidez de una misma es un constante sacrificio en favor de lo que más le gusta. 

El próximo mes de marzo se cumplirá un lustro desde que presenté un programa de televisión por primera vez. Más que el plató, echo de menos el periodismo de calle. El de hacer esos reportajes donde la gente te cuenta historias. Y también todo lo que aprendí. Cuando te ves sola un viernes por la noche en una sala de montaje editando un programa entero sin tener una amplia idea del asunto te das cuenta realmente de cuanto te está sirviendo la experiencia. En estos últimos e intensos cinco años mi vida ha dado un giro radical. De trabajar en lo que me apasiona a sufrir el paro para después comenzar en otro trabajo completamente distinto en el que he tenido que aprender a encajar. Se tarda un poco en poner en práctica eso de “si no puedes con el enemigo…”. 

Aquella trayectoria profesional que me hacía feliz sigue vigente en lo que soy pero puede decirse que me reciclé. Está muy en auge ahora eso de “reciclarse”. Se ha puesto tan de moda que a veces me siento como si entrara en un contenedor amarillo donde todo está oscuro y mire por donde mire nada me gusta. Al final sé de sobra que siempre seré esa niña que escribe, edita e inventa maneras de hacer lo que le gusta. Se trata al final de sobrevivir en este mundo de locos.

Haciendo un guiño al tirón que actualmente tienen las redes sociales, #cinco será a partir de ahora un hashtag reivindicativo de estos cinco años en los que he tenido que separarme forzosamente del periodismo (laboralmente hablando). Este es un espacio demasiado bonito para mí como para desaprovecharlo hablando del origen de todo lo que pasó y las palabras están de más cuando ya no merece la pena mirar al pasado. Sólo agradecer desde aquí a aquellos que antes, durante y después me arroparon. 

Pasa que muchas veces hay gente que te echa un cable o te ayuda en algún sentido y piensa que no ha hecho nada importante en realidad. Pero es que son esos pequeños detalles los que cuentan en tu día a día de incertidumbre profesional. Alimentar una ilusión es más fácil de lo que se piensa. Brinda una sonrisa a alguien que la necesite más que nunca y le estarás dando el mundo entero. Así que imagina si además le dices -Mira Paqui qué oferta de empleo he visto, échale un vistazo.  –Ánimo Paqui, que ya verás que mejora la cosa. Y te aconsejan, te dan ideas, te abrazan, te escuchan… ¿sigo?. Si hasta te alegran el día con que tan solo te contesten a un email para decirte que incluirán tu cv en su base de datos o te emocionas si en la recepción de un medio de comunicación te desean suerte y te dicen –Ojalá te veamos por aquí pronto. Sales del edificio con tu carpeta llena de currículum con otro empuje y otra cara. Ese ese Aunque tu no lo sepas tan valioso que esconde la vida.



Y para despedir este post pues os dejo un vídeo de la primera vez que me puse delante de una cámara como reportera. En marzo de 2016 hará cinco años de este reportaje, muy divertido, por cierto. Se te ocurre una idea, improvisas una intro y a la carga. Espero que os guste. Seguiremos informando.



martes, 16 de febrero de 2016

Carta desde el ave




La cara blanca del folio donde llevo impreso el billete de regreso a casa me sirve de diario. Por la ventana ya se mueve todo muy deprisa. El día despierta a la velocidad del ave con destino a la estación María Zambrano de Málaga. Los verdes paisajes resaltan sobre el cielo tímido que un día más dibuja claroscuros y, tengo tantos recuerdos que quiero compartir, que el instante se hace cada vez más intenso. Cuando te embargan las emociones poco más puedes hacer. Sucumbes. 

En tan solo unas horas tendré que volver al trabajo. Ya estoy visionando ese momento en el que siento que si cierro los ojos vuelvo a estar en ese pequeño rincón con vistas a la plaza Callao de Madrid. No serán las cinco de la tarde de cualquier otro día de trabajo, será la hora en la que rememore un gran momento vivido veinticuatro horas antes. Encontrar por suerte ese lugar especial sabiendo que la cafetería siempre está a rebosar, tomarte un café con esa amiga que solo tiene diez minutos antes de coger el metro para llegar al trabajo y aun así se ha desplazado a tu encuentro. Creer en la importancia de un instante. Pequeños chispazos.





Desde la segunda planta del Starbucks me quedé mirando las vistas y pensé, sé que mañana echaré de menos este instante. Memorizo el momento de inmensa tranquilidad. Se llama querer atrapar un momento o, lo que es aún más difícil, desear parar el tiempo. Como cuando dejas reposar un reloj de arena para provocar tiempo muerto. Y nos pasa todos los días aunque sea durante un segundo. 

A veces planeas un viaje en una fecha concreta sin pensar en cosas como que cae en el día de San Valentín. No es que lo celebremos de ninguna manera especial. Por las frías calles madrileñas tu pareja te da uno de sus guantes porque tú no llevas ningunos y te dice que así podéis agarraros sin pasar frío en las manos y tener la otra dentro del bolsillo. Eso no lo haces porque sea catorce de febrero. Te sale de dentro sin más.


Los momentos juntos improvisados son los más especiales. Los paseos siempre tienen eso. Aunque haya que hacer cola para una simple foto.



Uno de nuestros destinos fue el museo Reina Sofía. He de confesarlo. Me puse algo nerviosa mientras buscaba el Guernica. Supongo que ocurre cuando sabes que vas a ver algo único por primera vez. Chispazo inesperado, inexplicable, imborrable. Nunca pensé que algo así pudiera emocionarme de esa manera. Hablo de la emoción del estómago cuando sabe que va a digerir el gran bocado del día.  Desde las salas contiguas seguía viendo ese gran mural de tres metros y medio de largo. Aunque avanzaba, siempre giraba el cuello desde la distancia para atisbar aunque fuera solo una esquina del cuadro a modo de despedida.


Vuelvo a mi yo presente. El vagón está prácticamente vacío. Las voces de unos niños al fondo hacen que vuelva a la realidad. Preguntan a sus padres que cuanto queda para llegar. En otro asiento, un chico lee un pequeño libro mientras escucha algo en unos grandes cascos blancos. Otro se sumerge en el móvil. Un señor algo más mayor duerme en la parte de atrás, intento no despertarlo cuando paso delante de él para ir al baño. Nadie parece hacerle caso a la película que emiten en los pequeños televisores. Las dos que han puesto en los viajes de ida y vuelta la verdad es que dejan mucho que desear. 

La bandejita del asiento hace las veces de escritorio, llevo acumulado todo un fin de semana de experiencias y las emociones no están ni mucho menos dispersas. Cuando coleccionas tantas, se van posando una encima de otra a modo de columna indestructible que, por mucho que crezca siempre se mantiene estable. Al contrario que en ese juego donde debes sacar una pieza de madera sin que se desmorone el edificio. Luego hay que colocarla arriba y poco a poco se va convirtiendo en una pequeña odisea. 

La llegada de las emociones más bien podría compararse al momento en que te despistas y las piezas de tetris van cayendo una encima de otra cada vez más rápido. No dibujan nada, ni se encajan, tampoco se caen al vacío. Solo sucumben. Y caer no siempre es negativo. Llega un momento en que la pantalla se acaba y dejan de aparecer piezas. Game over. El botón de reinicio nunca anda muy lejos. A lo mejor es cierto que la vida es un juego como canta Amaral. Creo que cada instante tiene su propia columna de emociones. Van llegando una tras otra hasta que estallan. Si encajaran la vida tal y como la conocemos no existiría.

Mientras intento ordenarlo todo en mi cabeza una luz me encandila y me obliga de nuevo a mirar por la ventana. Es el sol que lucha por encontrar un hueco entre las grandes nubes grises. No más lunes sin sonrisas, no más lunes con excusas. Y otra canción viene a mi cabeza, esta vez de Shakira, que dice y cuando menos piensas… sale el sol. El astro rey te demuestra que está ahí aunque solo salga de vez en cuando durante unos segundos. Han bajado las temperaturas pero su calor intermitente me llega a través del cristal por un breve segundo. Comparto una foto en la página de este blog en Facebook, quiero contagiar este momento de positividad.

Durante el viaje no solo escribo, Un jardín al norte de Boris Izaguirre va ganándome poco a poco. Así que suelto el bolígrafo para volver a la lectura pero lo dejo cerca por si otros pensamientos me visitan. Siempre llega el fin del trayecto cuando estás en medio de un capítulo interesante. “Eso es lo curioso: aunque no estés en el frente de batalla, vives la guerra a través de pequeños pero intensos detalles. Como una película que está pasando en tiempo real. Una que no existe, pero que sin embargo vives. La guerra siempre te alcanza y aunque no te aniquile, te deja herido”. A veces creo que la vida es pura metáfora.