domingo, 27 de noviembre de 2016

Mirando al cielo



Aquella mañana sentí mucho no poder estrenar mi paraguas nuevo. Y es que quería volver a tener uno de esos transparentes, a través de los que puedes ver la lluvia caer. Una tontería, porque cuando lo estás usando nunca te paras a mirar para arriba, sobre todo porque cuando llueve siempre tenemos mucha prisa. Con lo bonito que es ver llover y todo lo que ello evoca. La verdad es que de pequeña sí solía hacerlo. La gotita corría para abajo a gran velocidad, contagiada por el estrés de la calle. Y recuerdo además mi chubasquero de lunaritos blancos. Con la lluvia los recuerdos brotan con mayor facilidad, ¿os habéis dado cuenta?. Y dan más ganas de escribir, y te encuentras más vulnerable, con más ganas de abrazar y ser abrazado. Si lo pienso bien, no encuentro reparos a un día de lluvia donde todo es posible.




Pero todo lo idílico que podría llegar a ser ese día escuchando el agua caer y disfrutando del petricor asomada a la ventana enseña su cara más diabólica cuando tienes que salir de casa y atender recados o ir a clase o al trabajo. Todo se vuelve caos. Más tráfico, menos aparcamiento, menos sitio en las aceras, más capas de ropa y más acordarte de la peli con palomitas que pegaría ver en casa mientras que escampa. Menos mal que aún queda ese ratito de radio mientras conduces en el que hasta te dan ganas de rescatar discos del pasado. Si, ese momento en el que te acuerdas del cd de música que llevas años sin escuchar. Puede que vayas por la carretera lloviendo a mares o que un semáforo se ponga en rojo cuando más prisa tienes o que quedes atrapado en un atasco monumental, pero volver a escuchar esa canción tiene poderes mágicos. Y con los acordes llueven los recuerdos por la ventanilla del coche.


Pero yo aquella mañana deseaba estrenar mi paraguas, aunque no entiendo por qué me gustan tanto esos en particular. Son largos e incómodos, porque no puedes llevarlos contigo en el bolso, y si lo llevas enganchado en el brazo acaba dándote en la pierna al andar y si lo sueltas en cualquier parte es fácil que se pierda porque puedes olvidártelo. No se queda apoyado contra la pared sin antes pasar por un largo periodo de recolocación y cuando lo dejas abierto en el suelo para que escurra ocupa más espacio que uno plegable. Sí, definitivamente ese tipo de paraguas no son cómodos. Pero me encantan. Sin saber por qué. Sin razón. Igual que me gustan las velas, el confeti, los sombreros, los micrófonos y los masajes en las manos (los que se hacen la manicura lo entenderán). 


No me pidáis explicación porque sería imposible encontrarla. Y si no la hay es síntoma de que no cuentas con argumentos y corres el riesgo de que, si sale el tema en una conversación te quedes sin saber qué decir. ¿Por qué me gustan los maceteros si no sé ni hacer que sobreviva una planta?. Es más, si no sé ni hacerla brotar. Pues porque sí. Y cada vez que veo uno que me gusta en una tienda me quedo pensando en si comprarlo o no. No sé, para utilizarlo de... ¿lapicero?. ¿En serio?, le preguntas a la parte de tu yo que te da vergüenza que conozca la gente. El caso es buscarle utilidad. Y piensas en lo mucho que te gustaría saber cuidar una planta solo por el hecho de poder llevarte ese macetero a casa. Y la mente no para de darle vueltas en busca de una excusa para comprarlo hasta que la parte coherente de ti te dice que lo sueltes, que dónde vas con eso. Y es en ese instante, cuando lo dejas otra vez en la estantería de la tienda, cuando muere en tu imaginación la imagen de tu balcón imaginario lleno de maceteros bonitos.


Pero es que (volviendo al tema) el día que llovió iba al trabajo y allí no puedes llevar nada de valor porque corres el riesgo de que desaparezca. Esa es la sencilla razón de que mi paraguas nuevo se quedara en casa aquella mañana. Y como no podía estrenarlo pues no me llevé ninguno. Pura cabezonería con el visible sello de una auténtica Aries. Asi que cogí un abrigo con capucha y con eso me apañé. 

Al oír esto pensaréis que trabajo en un sitio horrible porque no puedo fiarme de encontrar el paraguas donde lo había dejado. Pero no es para tanto. Además también te puede ocurrir en un supermercado (a quién no le ha pasado). Me refiero a que de todas formas no tendría mucho sentido para el ratito desde el coche a la puerta y no podría tampoco disfrutarlo de verdad. Así que mejor me salgo a la terraza de casa para matar el deseo. 


Nunca deberías quedarte con las ganas de hacer algo. Aunque sea algo absurdo. Aunque solo lo entiendas tú. Aunque no sea trascendental para el resto del mundo. Él se abre y tú miras por fin para arriba, como cuando eras pequeña. Y las nubes grises de repente son las más bonitas que has visto jamás. Porque en ellas ves los recuerdos que evoca la lluvia, ese paraguas, ese momento.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

El universo de los novios



Algunos lo llaman el universo novios, y ciertamente se está convirtiendo en todo un negocio donde ya vale casi todo. Una torre Eiffel enorme para iluminar el jardín de la copa de bienvenida, una caravana convertida en fotomatón o invitaciones tan tipografiadas que no sabes si te están invitando a una boda o a una fiesta de disfraces. 


Y no nos engañemos, en mayor o menor medida, todos los que nos vamos a casar debemos hacer un esfuerzo por mantener la cordura mientras que intentamos no perdernos en el laberinto de stands de esas grandes ferias de novios. En cada pasillo en el que te adentras hay alguien siempre acechando para ofrecerte sus servicios, todo para el idílico cuento de hadas que quieren que tengas. 

Personalmente me pareció muy divertida una mujer de una joyería que se echaba las manos a la cabeza porque aún no teníamos las alianzas. Su cara era un poema y solo le faltó regañarnos. Mala táctica para vender, la verdad. Eso hace que la descartes en seguida por lo que te transmite. Para ser claros, al final siempre te decantas por quien te ofrece una sonrisa, humildad y quien te vende bien lo que tiene pensado y personalizado para ti.

Sí, porque después de salir de la gran nave de los sueños donde todo corre mucha prisa (por tener el fotógrafo, las alianzas, etc), al final parece que todo forma parte de un espectáculo en el que tienes que montar toda clase de atracciones para dejar a los invitados con la boca abierta. Y que digo yo que para qué tanto pensar en decoraciones cuando al final tus invitados se van a quedar con que si han comido o bebido bien o si se han podido hacer una foto con los novios. Hay que pensar en los detalles pero sin olvidar las miradas de la pareja, el abrazo con tus seres queridos y sobre todo hacer que los invitados se sientan especiales, porque lo son.

                                                                             Foto: perfil de Instagram de smpweddings


Resulta que cuando vuelves a tu casa, lejos del mundanal ruido del negocio entorno a las bodas, descubres lo fácil que puede llegar a ser abandonar la esencia de cuando todo esto empezó. Me refiero a los instantes y acontecimientos que nos han llevado a Ricardo y a mi hasta este punto. Al final se trata de encontrar un punto intermedio y de no darle demasiadas vueltas a todo lo que ves y oyes porque ni las alianzas están en peligro de extinción ni van a darse a la fuga todos los buenos fotógrafos del país. 


Otra cosa acerca de la organización de tu boda es comprender hasta la raíz la tan repetida frase de sois vosotros los que os casáis. Dedico algo de tiempo a hablar de esto porque son muchas las personas que me han dado ese mismo consejo, precisamente porque es algo que han vivido todos los novios que deciden organizar su boda. En torno a este tema quizás los novios cometemos el error de compartir con los demás cada mínimo detalle que pasa por nuestra cabeza. A mi me ha pasado. Y lo haces, no por pedir opinión (aunque muchas veces ayuda) sino por el simple hecho de la invasión emocional. Cuando algo te encanta, una idea te entusiasma o quieres hacer algo de una manera u otra es como si quisieras que la persona a la que se lo cuentas empatice contigo. Es como esa necesidad de compartir una foto en las redes sociales cuando vives algo realmente especial. Pues resulta que compartir tanto no es buena idea. Además, ¿porque no dejamos algo como factor sorpresa?.  No he tenido malas experiencias al respecto pero si he perdido mucho el tiempo dándole vueltas a cosas que no merecían tanta importancia. O he cambiado de idea para luego volver a la original. Un consejo muy valioso es no dejarse llevar por lo que opinen los demás. Parece algo muy manido pero es la pareja la que escoge cómo celebrar su gran día.




Otra cosa que me fascina es la insistencia por parte de empresas, wedding planner o incluso profesionales de lo audiovisual por intentar inculcarnos una cultura basada en seguir unas determinadas tendencias y eso se nota, y mucho, cuando acudes a cualquier evento sobre bodas. Y me deja atónita porque es todo un fenómeno que ha logrado inmiscuirse a pequeña o gran escala en prácticamente todas las bodas que se celebran en los últimos tiempos. Hay detalles que han llegado con fuerza y que conquistan a las parejas hasta hacerles decantarse por utilizarlos. 

Ahora, por ejemplo, tengo entendido que tu boda tiene que tener una temática para que toda la decoración y demás detalles vayan acordes. Y te lo dicen los propios profesionales con los que hablas y lo ves en las bodas a las que acudes y te preguntas: ¿Y si yo no tengo temática, qué?. Pues tranquilos a las parejas que estén como nosotros, porque no se acaba el mundo. 

Pero es así, se imponen las temáticas. Y he de reconocer que tienen su chispa, aunque yo no me identifique con ninguna. Así, más y más novios se unen a esa moda y te encuentras como invitada en ceremonias donde amigos casan a sus amigos vestidos con trajes de la época medieval y cuyo baile nupcial y fotocall es también acorde, otras donde todo está inundado de flores (hay más que invitados), y cartelería en madera en forma de flecha para señalizar los distintos espacios de celebración, papelería reciclada o arpillera para darle cierto toque rústico, sellos personalizados con las iniciales de los novios y que estampan en todas las tarjetas de los regalos y disfraces variopintos para animar el rato de copas y de baile. Solo digo que me sorprende el poder de las modas y me asombra el trabajo que les debe costar a los novios el personalizar dichas modas en un intento de hacerlas más originales y ajustarlas a su historia. Aunque no sea seguidora de esta moda, nadie dice que no me lo pase pipa con ellas.




Todo se puede volver un poco locura en el momento en el que comienzas a organizar tu propia boda y acudes a las expos de novios, sigues a varios perfiles en Instagram relacionados con el mundo nupcial, visitas el famoso Bodas.net que se ha convertido en una especie de biblia de esta clase de celebraciones y comienzas a buscar todos los detalles que te gustaría que estuvieran presentes. Lo más complicado es, repito, mantener la cordura. Es en esos instantes de lucidez cuando te vienen a la cabeza momentos de tu infancia, haces un pequeño recorrido por tu vida y piensas en cómo sería unirla a la de otra persona. Y sin querer encuentro la inspiración. Una vez más, lo creativo se encuentra en las cosas sencillas.


                                                                                            Foto: perfil de Instagram de culturainquieta

No os he comentado nada del fenómeno de la pre-boda y la post-boda. ¿Cuando se supone que es la pre-boda?¿cuántos días antes del gran día? Nosotros nos hicimos ya alguna foto este verano aprovechando que estábamos entre los preciosos paisajes de la comarca de Huéscar, donde se encuentra el pueblo de Ricardo (Puebla de Don Fadrique). Os regalo una de las preciosidades que logramos gracias a Rocio Romero. Hasta con un día clarooscuro salen cosas maravillosas. Y de las cosas improvisadas brotan muchas veces los mejores instantes. 




Hasta pronto :)

jueves, 15 de septiembre de 2016

Contactando candidatos



Llegas nerviosa, es la primera entrevista de trabajo en mucho tiempo (aunque los nervios siempre aparecen en momentos así). Y la empresa que ha marcado tu teléfono para contactar contigo se encuentra en la ciudad donde quieres labrarte un futuro. Y podría ser un trabajo que te llegase a gustar, con compañeros agradables y con buen ambiente propicio para absorber cada nuevo aprendizaje. Podría ser, simplemente, algo diferente a lo que has vivido durante los últimos cinco años. Echas responsabilidad en tus hombros, llenas el bolso de esperanza y te delatas por doquier con una mirada ilusionada que encandilaría al más despistado. En resumen, te vienes arriba intentando machacar los nervios. 


La chica que te llamó por teléfono te dio cita para un día a una hora concreta y te lo has tatuado en la mente sin que te haga falta anotarlo. Te han dicho que lleves el currículum actualizado e impreso y te lo tomas tan al pie de la letra que, durante el trayecto hacia la empresa en cuestión, lo pegas a tu cuerpo como si fuera una prolongación de ti misma. Va en una carpeta para que nada lo altere ni un ápice y cuando llega la hora te desprendes de él, por petición expresa de la persona que te recibe, como si estuvieras regalando lo más preciado que conoces. Puedes sacar más copias, pero en ese instante se te antoja algo único. Incluso por el camino lo has remirado veinte veces, comprobando palabra a palabra que todo está ok.  


Cuando bajas del coche la camisa que has planchado en casa a conciencia hasta que quedara perfecta se ha arrugado un poco. Maldices automáticamente el tejido facilón sobre el que has descubierto, en un mal momento, su palpable alergia a los cinturones de seguridad. Apenas se nota, piensas para auto convencerte. 


Por el camino te da tiempo a pensar en la poca información que ofreció la chica que te llamó. No sabes para qué puesto es, la empresa no sale por internet y, consultando la app Job and Talent,  sospechas que se trata de una oferta de empleo que aparece en un estado sospechosamente alentador, contactando candidatos. La oferta asegura que el puesto es para atender al público en una oficina de turismo. Y segundos antes de entregar el currículum a la sonriente chica de la entrada seguía existiendo esa posibilidad. Pero las cosas se esfuman a veces con demasiada y repentina velocidad. 


Ni era una oficina de turismo ni era ese trabajo que esperabas, y eso que tampoco pedías mucho. Volvía a ser la misma historia. Más de una docena de chicas en una pequeña sala, sin nada de información y junto a una fila de ordenadores y teléfonos. Donde todo parecía estar puesto provisionalmente, hasta la tabla donde se anotaban los clientes conseguidos por cada trabajadora (con su correspondiente toque de campana). Y volvía a ser el mismo producto a la venta: los bonos viajes. Y, en el mejor de los casos, te pasaría seguramente lo mismo. Sin información previa de tus objetivos un día te dirán que no los cumples, te colocarán sobre la mesa un papel para que firmes tu fin de contrato y a esperar con paciencia a que te paguen, si es que lo hacen. 


Pero no es solo la inexistencia de buenas oportunidades laborales, aunque lo más correcto sería decir decentes oportunidades. Es que creo que el mundo está un poco loco. Que aun no entiendo que alguien, y más una chica joven que acaba de estrenar como quien dice la treintena, al salir de una piscina diga que qué hace un chico de esa edad (refiriéndose a que es mayor, no sé por qué le echaba más edad de la que tenía) trabajando de socorrista. -Si habrá acabado ya la carrera, ¿no?. ¿Qué hace ahí trabajando?, ¿no hace nada?, suelta tan tranquila. A lo que mi respuesta perpleja es –pues, lo mismo necesita el trabajo. Y ella parece pensarlo mejor y suspira un –Ahhhh puede ser. 


Me contengo, porque lo más correcto hubiera sido añadirle -¿no crees? A lo mejor necesita el dinero extra, o no tiene otro trabajo. Quizá le guste ser socorrista, sea su sueño. No sé, existen mil razones. ¿En serio tuve esta conversación con alguien que podría encajar perfectamente por su edad en la que llaman la generación perdida?. Esa generación que tanto está sufriendo la grave situación de desempleo en nuestro país. Y otra cosa que no entendí fue lo de la edad porque el chico tendría unos veinte seis. -Ah ¿sí?, me respondió cuando se lo dije. Y que digo más, ¿qué más da la edad?. En fin, era todo un sin sentido. 


No me extraña que, en mi caso, trabajando en el almacén de manipulado de fruta escuchara cosas como que había gente que decía que qué pintaba yo allí si tenía la carrera de periodismo. Como diciendo que les estaba quitando el trabajo. Nunca supe quien o quienes fueron las artífices de tan profundo comentario pero es que tampoco entendí nunca como es posible que alguien crucifique a otro porque vea amenazado su empleo donde no existe amenaza alguna

Será que estoy algo cansada de ciertas conversaciones y comentarios, pero no entiendo muchas cosas que se piensan y que se dicen sin saber cuales son las circunstancias de la persona de quien se habla. A veces también se pueden malinterpretar pero hoy en día no está el mundo como para que nos paremos a enjuiciar sin más. Se trata de, sobre todo, tener un poco de más sensibilidad.


Otra cosa que me sorprende es que continuamos formándonos para estar a la altura de las ofertas de empleo y nunca parece ser suficiente. Una compañera periodista que también estudió educación no encuentra empleo en los colegios porque, según le han dicho, ahora exigen, como requisito mínimo el B2 de Inglés y/o Francés (hacía poco exigían el B1). ¿No existe el candidato perfecto?, ¿no damos la talla?. ¿Quién lo dice?. ¿La que juzga porque jamás se ha visto sin trabajo y desesperada y, lo que es peor, carece de toda sensibilidad hacia los que sí se han visto en esa tesitura?. ¿La que crucifica porque vive en la edad de piedra y se cree con más derecho que tú a una opción laboral?. 


A pesar de todo, resulta que sí damos la talla. Soñamos con un estado en el que se pueda leer contactando candidatos, porque si eso sucede existirá muchas posibilidades de que uno de ellos seamos nosotros. Intentamos que nos resbalen los comentarios de quienes ignoran su propia mediocridad y desechamos trabajos, claro. Porque no toda la basura hay que cogerla, hasta ahí podemos llegar. Y no nos sentiremos mal por ello (aunque nunca ponemos la mano en el fuego porque somos tan idiotas que encima nos sentimos fatal por rechazar un trabajo). Simplemente no queremos seguir alimentando ese cirulo de empresas en las que solo somos medios para engañar a la gente y que encima ni nos paguen. 


En fin, un poco de cordura que estamos todos en el mismo barco.

lunes, 22 de agosto de 2016

Donde duerme el papel



"El saber no ocupa lugar", pero algunas dosis de él se vierten en las pequeñas bibliotecas de nuestros pueblos y ciudades. Son esas salas o aquellos edificios donde descansan también los nervios de rezagados estudiantes o la curiosidad de valientes incansables. Aunque, lo que más me cautiva, es que también es hogar de los amantes del tacto del papel del periódico de toda la vida. Cada vez que visito alguna sala de lectura o biblioteca me alegra ver que aún existen aquellos que dedican algo de su tiempo a ojear los diarios en esos pequeños reservados con sofás donde puedes leerlos tranquilamente en silencio.

Sí, es ese edificio donde puedes concentrarte gracias al siempre bendito (valga la redundancia) silencio. Cuando la sala permanece callada, y solo se oye el ruido del tornar de los folios, tu mente comienza una carrera tranquila de lectura y esparcimiento personal, un instante de nítida concentración que sobrevive gracias al placentero sentimiento de estar a gusto sumergida en la soledad entre tú y el papel que te acompaña. Es ahí donde reside la magia del lugar.

Es por culpa de la tranquilidad y la concentración que alcanzas sin darte cuenta que, en cierto momento de revelación, miras el reloj y sientes en ocasiones un pellizco de pena porque el horario de cierre esté al caer. Pero nada cambia el hecho de salir por la puerta sintiendo esa fantástica sensación de haber aprovechado el tiempo al máximo.

Siempre hay alguna razón que te lleva a visitar una biblioteca: una motivación, una carencia, una necesidad o, sencillamente, la ansiosa búsqueda del silencio. He de reconocer, con alguna gota de vergüenza, que no me acuerdo de este lugar tan a menudo como debiera. Es justo reconocer, y también algo de lógica tiene, que hasta que no nos hace falta algo, por la razón que sea, no nos acordamos de que existe. Pero a pesar de nuestra inconsciente indiferencia, esos lugares siguen abriéndote sus puertas para cuando tú quieras atravesarlas. Hay sitios generosos de los que deberíamos aprender, muchas cualidades humanas son valiosas por ese punto de generosidad que las hace únicas.

Eso me ha pasado a mí este último verano. Ahora, que a primeros de septiembre tengo los exámenes de inglés debo recurrir a las bibliotecas para huir del calor, alcanzar la concentración necesaria y huir de las distracciones que tanto me cuesta eludir como es el ir a la playa o disfrutar del tiempo con mis amigos y familia.

En Málaga, concretamente en Campanillas he podido disfrutar de la preciosa biblioteca Jorge Luis Borges. Es un edificio en forma de C que guarda el ayuntamiento y la biblioteca. Me encanta el entorno porque, frente a las puertas de ambas estancias, encuentras una preciosa fuente que se levanta sobre un suelo empedrado. Aunque el espacio no es muy grande, en cuanto llegas allí te transmite sensaciones de tranquilidad y bienestar. 



Una vez dentro encuentras a la derecha un espacio para los más pequeños con pequeñas mesas redondas donde consultar los libros y actividades propias de su edad. En la parte izquierda, se encuentra el espacio para los adultos con varias mesas de lectura, un reservado donde encuentras los principales periódicos disponibles (algo que por desgracia no lo encuentras en todas las salas de lectura) así como material audiovisual y de lectura de todo tipo. En la parte central tienen un dispensador giratorio con las últimas novedades o los best sellers más recomendados. También hay ordenadores para conectarse a Internet (eso sí que es más habitual en las bibliotecas) y el servicio que presta el personal de allí es inmejorable.  La verdad es que, en las ocasiones que he podido emplear mi tiempo allí, he respirado muy buen ambiente y he quedado enamorada del lugar.

Para seros sincera, nunca me ha gustado tener que estudiar en verano. Este año supongo que me confié con el inglés. Estoy estudiando quinto de la Escuela Oficial de Idiomas y llevaba todo el curso aprobándolo todo. Y en Junio de repente te encuentras con unas preguntas que te dejan a cuadros y te pillan por sorpresa y te das cuenta de que el factor suerte no te viene caído del cielo, así que toca darle a los codos hasta septiembre, que por cierto anda a la vuelta de la esquina y yo ya estoy empezando a ponerme de los nervios.

Pero he de reconocer que si no fuera por esta circunstancia probablemente no hubiera visitado la biblioteca de Campanillas, ni me hubiera reencontrado con la de La Palma, en Motril, donde se estudia también muy a gusto. Ni tampoco hubiera conocido la realidad de otras salas de lectura de pueblos donde el buen servicio quizá brilla por su ausencia. Así que en cierta manera vuelvo a pensar lo mismo: todo ocurre por alguna razón y cada camino te lleva a experimentar cosas a las que seguramente necesitabas enfrentarte.




Nosotros podemos hacer mucho por nuestras bibliotecas. Acordémonos de ellas más a menudo, no solo porque nos haga falta estar entre sus cuatro paredes para pegar los ojos a los apuntes, sino porque intentemos recuperar esos preciosos instantes de lectura y esparcimiento que solo el silencio y la compañía de historias puede proporcionarnos.

Las horas vuelan dentro de esos hogares de papel, donde cada libro tiene un olor, color y tacto fácilmente reconocibles si los mezclásemos con otro recién horneado en la imprenta. Es eso que hace especiales a las obras que descansan en esos hogares de papel. No los abandonemos nunca, aunque lo digital lo encontremos sin salir de casa. Salid a la luz del sol y volved a redescubrir otro ambiente al salir de una biblioteca, todo será mucho más revelador.