martes, 31 de marzo de 2015

Caos


Nunca somos iguales ni nos comportamos igual. Rozamos un estado obsesivo ante el espejo cuando un día, sin razón aparente, no nos vemos bien con esa blusa que tanto nos gustaba o nuestro reflejo nos muestra más guapos o feos de lo que recordábamos el día anterior. Hay noches en las que soñamos más que otras, periodos de tiempo en los que leemos más o salimos más con los amigos. Muchas veces dejamos para otro día quehaceres cotidianos, como la limpieza o la plancha, sin ninguna excusa y hay momentos en los que decidimos adelantar planes o posponer deberes. En numerosas ocasiones nos movemos por impulsos esporádicos, el buen o mal tiempo nos hace estar contentos o tristes, y no siempre respectivamente, o simplemente, hacemos caso al corazón o a la razón, según el humor con el que nos tomemos los acontecimientos en un momento determinado.

En realidad somos veletas que buscan el sol para sentirse plenos, el agua para limpiar nuestras conciencias y zambullirnos en la felicidad, somos el mar incansable que constantemente roza el horizonte sin saber con certeza qué tierra rodeará nuestros destinos. Somos la vela que, cuando se apaga, ansía la luz que vuelva a darle la vida, por eso cuando vemos una sonrisa amiga que nos brinda alegría nos apegamos tanto a su cariño que sufrimos con tan solo pensar que algo pueda separarnos. Por eso se dice que el ser humano es auténtico, por la manera cambiante que rige su personalidad y aquellas circunstancias que le rodean. Por eso es tan importante la confianza en uno mismo que ciertas veces nos puede fallar debido a nuestras imperfecciones y miedos.

Hasta hoy no había podido ponerle nombre a todas estas perspectivas que moldean nuestra forma de ser. Se llama caos, y es eso lo que defiende el escritor Albert Espinosa.


Siempre había identificado el caos con una situación puntual que podía darse en el trabajo o en nuestra propia habitación invadida por el desorden, pero nunca me había parado a pensar hasta qué punto el caos puede condicionar nuestras vidas. Hasta que no me lea el libro no podré ver con qué historia me vuelve a sorprender Espinosa, y he de reconocer que ya estoy intrigada. Me he aficionado mucho a sus libros (la cita de arriba corresponde a su última obra: El mundo azul. Ama tu caos). Poco a poco voy comprándome todos sus best sellers, desde que descubrí Brújulas que buscan sonrisas perdidas

El autor conecta con tu fuero interno, te fascinas con sus ocurrencias llenas de magia y, sobre todo, te hace ver el lado especial que tienen las cosas que ves cada día y en las que apenas reparas. ¿Qué significan las cosas que guardas en tu mesita de noche?, ¿Cuales son las pequeñas señales que te unen a tu familia?, ¿Qué te puede hacer abandonar todo en busca de una buena causa?. Y, así una a una, se podrían formular decenas de preguntas que Espinosa responde entre “cosquilleos en el pulmón” que te vas encontrando en una vida que es un” ir y venir de girar pomos”. 



Nuestro caos explosiona durante nuestras crisis personales, esas que parecen destruir nuestro mundo y que luego nos hace resurgir y darnos cuenta de dónde nos encontramos y dónde queremos estar en el futuro. Ellas aparecen en nuestra vida para tambalear aquello que hacía tan solo unos días veíamos cristalino. Son tan necesarias, significativas, esclarecedoras y fuertes que, por el miedo al fracaso, sufren el peligro de verse acorraladas. Y, de repente, te enfrentas al torbellino de todos los sentimientos que esa crisis despierta, sin abandonar los fieles pasos de tu camino, y tras tirarte a la piscina (porque no te queda más remedio) abres los ojos por fin al triunfo de haberla superado.  



En este día caluroso de verano (a pesar de ser marzo), en estas noches atrás de insomnio (y las que quedarán) a pesar de estar cansada, en esas mañanas que rebosan emails con destinatarios que se mantienen invisibles, de peligrosas incertidumbres disimuladas con sonrisas y de cánticos interiores que me asustan en la noche apresurada, no entendía por qué mi caos seguía conmigo cuando le había dicho que se marchara. Ahora sé que mi caos es el pellizco que me hace bajar a la superficie para seguir buscando casualidades. Yo pensaba que era mi enemigo, y resulta que es mi esperanza.







martes, 24 de marzo de 2015

Cuarenta segundos



Con el paso de los años te vas dando cuenta que la vida es un compendio de casualidades, golpes de suerte o maleficios esporádicos, de momentos e instantes que van arrojando luz hacia tus sueños, de esperanzas e ilusiones que se enquistan en tu ser hasta hacerte perder el sueño, de personas que aparecen de repente y te cambian para siempre, de manos que te empujan en tu madurez inevitable, de sensaciones que alimentan tus días, de música que te regala ásperas melodías y dulces recompensas, y de cielos repletos de oportunidades que nunca están a tu disposición sin pelear con uñas y dientes por alcanzarlas, y que, aunque no las consigas, al final te queda la satisfacción de haberlo intentado con todas tus fuerzas.



Mi felicidad puede ser, por ejemplo, llegar a casa desesperada por encender el ordenador para escribir, que pueda ser capaz de encontrar las palabras adecuadas que describan los sentimientos del día y de ordenar las miles de cosas que me pasan por la cabeza. Y ha sido esta noche, llegando a casa mientras escuchaba el fantástico disco que me ha regalado mi hermano, cuando de repente multitud de emociones se han agolpado en mi pecho desprevenido, descontrolando y poniendo patas arriba la rutina de la que siempre intento escapar, algo que a veces se podría comparar a un deporte de riesgo. 

No deja de fascinarme la fusión que puede llegar a provocar el placer de regresar a casa después de un largo día y el poder de una canción junto al ansia por hacer lo que más te gusta en la vida. Tres grandes casualidades que han creado el instante perfecto, y, gracias a todos esos momentos que me sorprenden cada día, la felicidad podría decirse que es una de las coincidencias más bellas que existen.

Sería complicado desmenuzaros todo lo que sueño al cabo del día, eso que no me deja descansar por la noche, la nube de terciopelo que creo acariciar cada vez que pienso en mis ilusiones. Pero podría deciros que desde hace poco tiempo mi talismán son estas dos frases, que no sé quien las escribió pero que me recargan de energía y de esperanza. Una dice “persiste, si todo fuera tan fácil cualquiera lo lograría” y la tengo de fondo de pantalla en el ordenador, a modo de promesa, desde que en Madrid cursé el taller de presentadores. Y la otra dice que “Un sueño no es lo que ves mientras duermes, es lo que no te deja dormir”, creo que no se podría describir de una manera más precisa todo lo que me pasa ahora. 

¿Queréis saber más retales de mi felicidad?

La felicidad es estar en la boda de tu hermano o en el nacimiento de su hijo sabiendo que en ese momento él es el hombre más feliz del planeta. Es la sonrisa de tu madre cuando le dices que la quieres y la mirada de tu padre diciéndote que está orgulloso de ti. Es conocer al amor de tu vida con la certeza de nunca jamás querrás a alguien de esa manera, y saber que has tenido la inmensa suerte de ser correspondido. Es ese pellizco en el corazón cuando, al despedirte de alguien al que quieres, sabes que cuando lo vuelvas a ver será como si no hubiera pasado el tiempo. 



Mi felicidad es poner atención a los 40 segundos que le dan a un reportero por el pinganillo para contar la noticia en directo desde el lugar donde ésta ha ocurrido. Es imaginarme el pie de un presentador moviendo el pedal del teleprompter, mientras lo veo contarme la noticia que previamente ha editado para millones de telespectadores. 

La felicidad es haber estado frente a la cámara y haber sido capaz de relatar la historia que llevaba dando vueltas en mi cabeza todo el día o entrar en directo en el informativo regional de una importante cadena de radio y saber que no deseas hacer otra cosa el resto de mi vida. La felicidad es ver un programa de televisión terminado dentro del programa de montaje y saber que has buscado el reportaje, has entrevistado a los protagonistas, te has marchado en busca del mejor encuadre donde contar la historia y has conocido la realidad de la calle a golpe de ilusión y ganas por descubrirla. 

La felicidad es llegar a tu casa a las 12 de la noche aún frenética por la maqueta que acabas de enviar, para que el lector pueda leerla impresa al día siguiente mientras desayuna. Es coger el teléfono mil veces durante el día para contrastar fuentes, buscar datos y llenar tu libreta de apuntes que relees una y otra vez en busca del titular perfecto. Es diseñar el cuerpo de la historia y redactarla para publicarla instantáneamente en Internet y que quede suspendida en la nube a la que accede el receptor ávido de actualidad. Es que suene el teléfono y pregunten por ti en una redacción porque aquella entrevista que quedó en una columna días atrás, resulta que ahora es un reportaje que puede ir en portada. Es no mirar el reloj, salvo que te interese saber cuánto tienes para terminar esa historia, porque otra te espera en una sala de prensa.

La felicidad es estar con los que quieres y desear que se pare el tiempo. Es equivocarte una y otra vez, sabiendo que la decisión la tomaste con el corazón. La felicidad es, simplemente, escribir sobre ella con la banda sonora de El último Mohicano vibrando en tus oídos.


La felicidad es la adrenalina de los sentidos, la explosión de los sentimientos, el creer que los sueños pueden hacerse realidad. Y pueden. Aunque sólo sea durante 40 segundos.

domingo, 15 de marzo de 2015

Hoja de ruta

Acabábamos de tomarnos el postre.

-¿Les apetece un chupito?. Sake o alguno sin alcohol.
Nos miramos confidentes (siempre nos pedimos lo mismo). Pero, como si acabáramos de decidirlo, respondemos.
-Vale. Si tenéis, de mora sin alcohol. Gracias.

Y, al irse la camarera a por ellos, empezamos a debatir a quién le tocará esta vez el vaso con estrella. Por ahora, íbamos empate, uno a uno.






Pero esta vez, ninguno de los dos ganamos. Es divertido, sin embargo, el ritual de adivinar y esperar con curiosidad el pequeño desenlace. La vida está llena de pequeños finales que nunca se llegan a despedir del todo.

Ir de ruta hacia ninguna parte. Qué bien suena y qué fácil es imaginarlo. No sé qué haría sin esos momentos en los que quedas con alguien en ir a algún sitio sin premeditar, ese dejarse llevar por lo que va surgiendo guiados por motivaciones y sensaciones.

Últimamente esos instantes me llevan a saborear desayunos en la playa, a pasear con mi madre sorteando el bullicio del centro y rescatando algún tesoro entre percheros o a pararme ante aquellos paisajes por los que paso cada día, pero a los que apenas presto atención por culpa del estrés y las prisas. Así, por ejemplo, me paro en seco un momento en la carrera de todos los días. –Pero, ¿y éste árbol?. Lo ilumina el sol mientras pienso en por qué nunca había recaído en que estaba ahí. Es bonito.

Pequeños recovecos de felicidad que logran romper con la rutina, se filtran por alguno de los minutos de tu vida y se quedan un rato para hacerte olvidar que es lunes o miércoles y que tienes un examen o tareas pendientes en casa. Llegan, irrumpen desmontando todas las piezas de tu “plan” del día y te arrancan una sonrisa. Repito, ¿qué haría sin esos pequeños placeres?. Pues más o menos lo que viene a decir este diálogo que, en cuanto lo leí, me tele transportó a miles de situaciones de la vida.



Pero hay rutas que capturan tus deseos y que van contigo, cual animal fiel que no se separa de tus pies al caminar. Y son esos domingos en Málaga, esos mismos en los que Ricardo y yo no podemos evitar ir a nuestro restaurante favorito: Kyoto. Cerca del mediodía, siempre dudamos y planteamos opciones (por ese empeño que tenemos a veces las personas de cambiar la “rutina”):

-Podríamos quedarnos en casa esta vez, dice uno.
-O llevarnos comida a la playa o al parque, responde el otro.

Tentador. Muy tentador también esos picnics improvisados, pero, al final sucumbimos. Siempre la misma hoja de ruta: salimos de Campanillas y nos dirigimos hacia el centro, hacia la zona del Centro Comercial Vialia. Si hay suerte, aparcamos en la misma calle del restaurante, Jacinto Verdaguer.




Y cuando entramos por la puerta, nos espera esa sonrisa implacable de la dueña que tan bien ya nos conoce. Y, aunque sé a ciencia cierta que es ese menú japonés exquisito, a la vez que económico, el que nos ha llevado por esos lares, la imagen de esa cara sonriente paraliza ese minuto en el que le digo que somos dos (para que nos guíe hacia una de las mesas). Y es ese momento el que te hace dudar de la razón que te mueve hasta allí cada domingo malagueño. Y es que no hay nada como recibir amabilidad en ese sitio al que tanto te gusta ir, sea cual sea la ruta. Lo familiar no es eso que se convierte en habitual, es aquello que te acoge con mimo haciendo que no quieras nunca apartarte de su lado.

Y este fin de semana el primer punto de nuestra hoja de ruta, Campanillas, ha estado bastante animado por la VI Ruta de la Tapa. El sábado por la noche ya pudimos comprobar el buen hacer en algunas de las cocinas de los bares participantes. Imposible recorrerlos todos (un total de 52) en tan poco tiempo, pero ya se sabe que si lo bueno es breve, dos veces bueno.




Feliz semana dibujando rutas 

domingo, 8 de marzo de 2015

María se escribe con M de mujer

Hay personas que dedican mucho tiempo de su vida a hacer felices a los demás. Simplemente les sale de manera natural, les sale del corazón. Y todo ese tiempo invertido tiene la máxima recompensa, que es la de ver que todo ha salido bien y que los que están a su alrededor disfrutan. Se conforman con eso, con algo pequeño pero que se hace inmenso.

Una de las cosas que hace grande a una ciudad es rendir homenaje a las personas que llevan años haciendo de la solidaridad algo normal en sus vidas. Y con la llegada de Marzo, acude al calendario una cita muy especial en Motril, la Gala que celebra el Día de la Mujer. Este año Mari Carmen y Mari Ángeles han recibido ese merecido premio, por tantas y tantas sonrisas despertadas encima y enfrente de un escenario.

Cabezas visibles de la Academia de baile Las Angustias, el barrio que las vio nacer como profesoras de baile y la calle donde viven y donde hacen disfrutar a tantas personas, ambas saben bien cuál es el valor de todo lo que hacen. Cada vez que suena el último tacón en la madera y ven, desde la sombra, a la bailarina mirar al infinito con seguridad. Ese es para ellas su gran momento, ver en otros la pasión que les ha movido a ellas durante tantos años.

Mari Carmen y Mari Ángeles, Mari Ángeles y Mari Carmen. Ellas llevan el arte en las venas y lo transmiten a cuantos están a su alrededor. Llevan más de dos décadas bailando, participando en eventos solidarios, actuando para causas que merecen atención ciudadana y sacando una sonrisa al día a día de mujeres que, volcadas en la familia, encuentran en una clase de baile amistad y melodías que pintan cada día sus vidas de sonrisas. La noche del gran homenaje, el pasado viernes, teníamos que estar allí para darles gracias por tantos momentos Así que…

GRACIAS PROFES por:

Trabajar para que los demás disfruten, aprendan y se apasionen.
Bailar y hacer que los alumnos bailen, y que lo hagan lo mejor que puedan.
Sacar lo mejor de la persona que tenéis cerca


Qué más puedo decir cuando ellas hacen que mi madre llegue radiante a casa, con los poros aún exultantes del taconeo y las risas. Cuando fueron ellas las que me enseñaron a bailar sevillanas cuando era pequeña. Ellas han protagonizado, entre bambalinas, los momentos más felices de tantos chicos y chicas que encuentran en el baile una pasión difícil de contener. Sin edad ni complejos, el baile brilla cuando ellas están cerca porque parece respirar todo el corazón que ponen en cada enseñanza.

Ellas transmiten el baile con el corazón, y ese tipo de coraje y de lucha, de no abandonar a pesar de los altibajos de la vida, de brindar siempre actitud y aptitud sobre el escenario y debajo de él y de ser tan generosas con sus alumnos y vecinos, todo eso desprende tanta solidaridad que inunda el espacio que pisáis.

 Sé que no necesitabais ninguna medalla. Sé que no os gusta contar los años que lleváis en esto. Sé que pensáis que no se os da bien hablar en público y sé que sois tímidas en muchos aspectos. Pero las mujeres a las que les dais clase pisan fuerte y se sienten hermosas con el aire de un abanico, con el careo de una sevillana, al son de una rumba y sobre los tacones y el traje perfecto para sentirse más fuertes y plenas. Sois la luz en muchas vidas. Sois grandes.


Enhorabuena por ese Premio de la Mujer 2015




martes, 3 de marzo de 2015

Despertadores de recuerdos


Rémora
Hace poco leí una frase donde aparecía esta palabra y la busqué en el diccionario. 
"Cosa o persona que retrasan o impiden que se realice algo". 

Con la aparición de Internet, ya casi nadie usa el diccionario convencional. A mí me gusta siempre tener uno cerca, en la mesa donde tengo el ordenador. Será por eso del gusto por el papel, que también prefiero leer un libro físico u ojear el periódico en este soporte, que se resiste, por suerte, a morir. Será que lo de siempre funciona, que lo nuevo no nos llena tanto, será que sabemos apreciar la palabra escrita en todo su esplendor, esa vida y ese olor inconfundibles que desprenden las obras impresas.

Y yo que rellenaba las agendas siempre de notas, citas, frases y canciones, más que de tareas o quehaceres pendientes. Yo, que tengo colección de libretitas que guardo como tesoros. Resulta que, en ese ir y venir de ruedas de prensa que antes llenaban mi vida profesional de alegría, una vez me encontré a alguien que me dijo – ¡Anda!, aún utilizáis eso-. Yo, que estaba anotando unas declaraciones, me quedé sorprendida por el comentario, pero seguí inmersa en mi libreta y en mi bolígrafo. Supongo que le parecería raro que ese día no hubiese cambiado el papel por una grabadora.

Con el tiempo me he dado cuenta que el papel es un gran despertador de recuerdos. Y es que con la lectura siempre nos surgen acompañantes, como por ejemplo las cosas que utilizamos de marca páginas. Para el último libro que he leído recientemente, cogí una tarjeta de visita que me llevé de una cafetería madrileña en la que estuve hace unos meses. Necesitaba algo urgentemente y fue lo primero que encontré a mano. 

Y, para el siguiente libro, vuelve a guiarme en la lectura.




Y, sin querer, mirándola llegaron con ella los recuerdos. Tantas veces que, sin conocer apenas la ciudad, dije que Madrid no me gustaba o no me llamaba la atención. Qué equivocada estaba. Cuantas veces juzgamos sin saber y opinamos sin ton ni son. Y, ahora, cada vez que veo mi marca páginas improvisado, vuelvo a esas estanterías de libros, a esas paredes pastel, a esos platos labrados y a esa ventana por la que vi a una pareja enamorada abrazarse. Y a pensar en todos esos sitios a los que me ha llevado un libro gracias a una simple tarjeta, y eso que la historia que éste contenía nada tenía que ver con Madrid. Es el poder del papel, que arrastra momentos mágicos. Los que contiene en él mismo, los que le rodean y a los que da pie en el camino embaucador de su magnetismo.

Son muchos escritores los que piensan que es el papel, al final, el objetivo y el encanto. Hace poco vi una entrevista a Elísabet Benavent, la autora de En los zapatos de Valeria. Ella había comenzado a ser popular a raíz de autopublicar sus libros a través de un conocido portal de Internet. Poco a poco, cuenta, se fue haciendo con lectores que compraron dicha edición digital. Y, gracias al empuje del boca a boca y de las redes sociales, una editorial se fijó en ella y publicó su obra en papel. 

Benavent hablaba de lo especial que había sido ver sus libros en las librerías. Y es que, a la pregunta ¿Qué significó para ti publicar en papel?, ella respondió –Publicar en papel yo creo que es el sueño de cualquiera que se quiera dedicar a escribir. Ir a la librería y ver mi libro ahí fue un sueño hecho realidad. Era el sueño de mi vida.

Al final, está demostrado que ni el papel es una rémora para lo digital ni viceversa. Además, al final si uno quiere hacer algo, la vocación es la gasolina que le ayudará a hacerlo, sea por el medio que sea. 



Últimamente oigo a muchas madres hablar de que sus hijos o hijas no saben qué estudiar, porque se encuentran en el dilema de la crisis y las salidas profesionales que tiene cada carrera. Sus chicos están en el instituto y en esa etapa donde debes decidir tu camino y escoger qué estudios quieres realizar y a qué Universidad ir.

Una amiga me ha hablado en alguna ocasión de su hija, Marta, y de las opciones que baraja. El otro día, mientras tomábamos café lo volvió a mencionar, esta vez delante de ella. En cierta manera me pidió consejo por eso de que yo también estudié en su día. Así que miré a Marta y le dije que no se fijara en las salidas profesionales de la carrera en sí y que estudiara lo que realmente le apetecía, lo que le hiciera feliz. Al final el corazón siempre debe mandar, porque si estudias algo mirando las salidas puedes encontrarte en medio de una vida que te aburre, que no te llena, que te complica la existencia.

La vida al final te puede llevar por distintos caminos, pero el corazón y la vocación llevan la bandera que te identifica, que habla de ti. Yo vivo mi día a día entre utopías y brotes de esperanza, pero soy plenamente consciente de que existe la posibilidad de que no vuelva a trabajar nunca más de lo que me gusta. Pero jamás, jamás, pase lo que me pase y a pesar de todo lo que he vivido, jamás me arrepentiré de haber estudiado Periodismo. Y ahí está la clave, porque el corazón nunca se equivoca.

El Periodismo me dio momentos de felicidad incalculables, eso lo sabe y lo aprecia quien lo ha vivido, y yo he tenido la suerte de trabajar unos años en lo que me gusta y por qué no, disfruto imaginando en que pueda volver a repetirse. Mientras que duran los pies en el suelo, que la belleza de las ilusiones vuele todo lo que pueda, alta y radiante, ella nunca debe apagarse.

Los despertadores de recuerdos acechan en cada esquina, hechos de papel o de bitácoras digitales, ellos siempre suenan con el amanecer de los sueños.