jueves, 27 de junio de 2013

Carta a una hermana



Aún recuerdo tus piernecitas llenas de rosquillas dentro de tu bañera rosa, chapoteando en el agua de la piscina que te llenábamos siempre en la playa, y tus pies blanquitos probando el tacto de la arena. Esos grandes ojos que no querían perder detalle de todo y esa sonrisa que hacía iluminar una vida entera. Yo, con 8 años me quedaba mirándote embobada cómo inventabas tus primeros juegos, cogiendo tu pie y metiéndotelo en la boca, o lo bien que te lo pasabas en tu parque junto a tus juguetes, o en el tacatá dando tus primeros pasos.



Motril y Salobreña comenzaban a ser para nosotras nuestros dos grandes hogares, donde hemos pasado toda la vida. En el invierno, al calor de la chimenea junto a la que me enteré que ya llegabas al mundo, en aquella casa donde crecimos y cuyos sabores y olores aun guardamos con cariño en nuestra memoria. En verano, bajo la toldilla a rayas que papá preparaba desde bien temprano, para organizar cada domingo aquellas míticas barbacoas en familia. Cuando salíamos de la sombra, el cálido sol nos quemaba las plantas de los pies al menor descuido.  


Mientras nuestros hermanos alcanzaban la pubertad, nosotras íbamos poco a poco construyendo momentos de juego y risas. Por las noches, recuerdo que me encantaba leerte cuentos en la cama, en esa habitación que compartíamos. Mamá te compró una cama igual a la mía en cuanto ya fuiste grandecita para dormir sin el amparo de unos padres a los que adoramos. Y, así, durante años, compartimos armario y ropa, sueños y fantasías y, por supuesto una vida llena de detalles cómplices, un lenguaje que solo tú y yo conocemos.

Nos encantaban las barbies, pero aún más nos gustaba vestirlas y cambiarles de ropa. Los retales  de tela que ya a mamá no le servían, significaban un mundo para nosotras. Junto a su máquina de coser, ella nos iba guardando diferentes tejidos, algunos lisos, otros estampados. Los recogíamos y empezaba a volar nuestra imaginación, y así, íbamos confeccionando los vestidos, faldas y chaquetas de nuestras muñecas. Luego también nos dió por dibujar nuestros propios diseños en cuadernos. Más tarde, te regalaron “Diseña la moda”, ese juego que te permitía hacer montajes entre muñecas y piezas de ropa. Y es que siempre nos ha encantado la moda, y más teniendo una gran costurera en la familia.



Ya en nuestra nueva casa, nuestras camas se separaron, pero nuestras vidas continuaron yendo de la mano. Cada una puso su habitación a su gusto, cada una creó su propio espacio, su propia vida. Mientras tú traías a casa las batallitas de tus últimos años de instituto, yo ya combatía por una oportunidad en el mercado laboral. Y así, año tras año, nuestras vivencias, iban siendo compartidas. Cada día, sin darnos cuenta, tratamos de encajar siete años de diferencia en nuestras conversaciones, experiencias, consejos, proyectos, ideas y opiniones. 

Ahora, estoy disfrutando viendo cómo te conviertes en una mujer trabajadora y madura. No solo no has parado hasta estudiar lo que te gusta, sino que siempre intentas lograr algo más, nunca te conformas. Ahora, te escribo esto porque estás viviendo en unos tiempos complicados, en los que conseguir encauzar un camino, empezar un proyecto de vida o enfilar tu futuro hacia tus sueños, lleva consigo mucho trabajo, sacrificio y dedicación, y más ahora, y más sabiendo cómo eres tú, cómo somos, cuanto trabajo nos cuesta lograr una nota, alcanzar una deseo.
Te escribo esto porque no hay minuto del día en el que no me sienta orgullosa de ti.
Mi estrella guía.