miércoles, 12 de julio de 2017

Orden de alejamiento



Los desempleados odiamos las vacaciones. Me aventuro a lanzarme sin arnés o red de seguridad y, haciendo guiño al tema, sin colchoneta inflable, al afirmarlo. Y me quito, al decirlo, algo pesado de encima. Y no me da miedo admitirlo. Sé que es julio y no os equivoquéis. Amo la cervecita fresquita en una terraza, quedar con los amigos en los reencuentros, ponerme morena, la ropa de verano, la piscina, tomarme una copa al borde del mar... 
Lo sé, es alarmante. Pero odiamos las vacaciones. 

Es raro que nuestra prioridad en verano no sea ir a la playa, cuando amamos el mar y hemos pasado el año metiendo los pies en la orilla (para los que tenemos ese privilegio). Yo incluso me propuse hacerme alguna foto cada mes del año de mis pies fundiéndose con la espuma que generan las olas del rebalaje para después hacer un collage. La idea era ensalzar la importancia de disfrutar del mar todo el año, no disfrutarlo solo cuando vamos en bañador y ansiamos broncearnos. El instante de mojar los pies simplemente por que sí. Cualquier día del año. Sin etiquetas. Por el mero hecho de disfrutar de ese instante de conexión con el agua salada.
                                                                          10 de enero de 2016

La explicación a por qué odiamos las vacaciones es muy sencilla. Todo se paraliza, los que trabajan están de vacaciones y te ves obligado a más vacaciones. Te arrastran al abismo. Saturados de tiempo libre, los que están hasta el gorro de trabajar dirán que estamos locos y se nos ha ido la olla, nos cansamos de “no hacer nada”. Sí, porque por muchas cosas que hagamos (leernos montones de libros, viajar, estudiar, limpiar, hacer deporte, recados, visitas…) y por más que somos productivos y exprimimos los días, en el fondo sentimos que nos falta “algo”, un vacío que no está en nuestras manos llenar y que, debido a eso, nos genera cierta angustia. Ya no solo pensamos en que no incrementamos la riqueza del país, hacemos que el mundo se mueva o contribuimos a las pensiones, sino que llegamos a pensar que hemos hecho algo mal, que no servimos como personas activas para el Estado. Es el efecto rebote del desempleo.
 
Así que he decidido que sí que iré a la playa. Porque estoy desempleada pero, aún no he perdido el juicio (creo). Pero, eso sí, estableceré unas reglas básicas. Tipo: “no iré en domingo a no ser que sea estrictamente necesario”. Y es que, será por llegar a cierta edad o por absurdos y momentáneos recelos, pero no me gusta la saturación. Esos días en los que encontrar un sitio te parece tarea imposible. Tardas la vida en ir andando procurando no hacerte un esguince con los chinos, el calor ya empieza a hacer efecto en el canalillo en cuanto dejas atrás el paseo marítimo y no sabes qué cara poner para que nadie note que no sabes si tirar a la derecha o a la izquierda (nadie te mira en realidad, pero tú misma te creas una situación algo incómoda y absurda cuando todo está lleno y no parece haber escapatoria). Sales de tu cuerpo y te ves a tí misma sola ante el reto de enfrentarte a la muchedumbre o salir pitando de allí. 
Por no mencionar la situación de estar buscando a alguien entre toda aquella gente. Con el bolso cargado, la sombrilla en el hombro y la silla en la mano con el móvil delante (que parece que estás buscando hueco con el google maps) cuando esperas que tus amigos miren el whats app para que te digan dónde puñetas se han puesto

Con forme te aproximas a la orilla buscas desesperada con la mirada un posible hueco, esquivando constantemente a la gente que va a la ducha, a los niños que juegan por todas partes, a ese señor requemado que parece un nadador jubilado que ha olvidado el protector solar, mientras chequeas el ambiente. Al final no sabemos cómo, pero acabas encontrando sitio. Esa felicidad se esfuma de un plumazo cuando descubres, toalla en mano preparada para desplegar, que vas a plantarte a lado de una familia de lo más variopinta que te mira raro, por ser una nueva distracción en las largas horas que llevan ahí sentados (eres la novedad). Pero ya no hay escapatoria porque sabes que es peor irte y rendirte que quedarte y "luchar".

Después de escanearte de arriba abajo como si fueras un vestido que están decidiendo si comprarse o no en las rebajas (mirando tan fijamente que te sientes objeto) por fin te dejan en paz, si tienes suerte. Si no, si están tan aburridos de estar allí como parece, esperan que les salves de la monotonía tirándote del tirón al agua, haciendo topless o siendo presa de alguna medusa. Y piensas, “no les daré esa satisfacción”, si no, que se hayan traído un libro o se pongan a jugar a las palas y ya de paso busquen distracción en otra parte. Pero, por si acaso, antes de entrar en el agua te cercioras de que no hay medusas, no vaya a ser que estes sola con aquella gente que solo quiere "carne fresca".

Y es que el problema que sufrimos cuando vamos a la playa es el ver que invaden nuestro perímetro. Como cuando estás tan a gusto un miércoles, medio sola en la playa, con un montón de espacio alrededor sin nadie y llega una familia cargada hasta los topes y se pone a un metro de distancia tuyo. Que al desplegar su toalla casi rozan la tuya y te parece que aquello es el fin del mundo. Los miras a ellos, miras su toalla, miras la tuya, esperanzada de que capten el mensaje de “no entiendo qué hacéis. ¿En serio preferís estar pegados a una desconocida cuando tenéis toda la playa para vosotros solos?”. Como diría una amiga: ¿en serio?, ¿en seriooooo?. Y ahí descubres el poder que puede llegar a tener una mirada interrogante. Pero todo es en vano. Ni te miran porque están obcecados en plantar la sombrilla encima de tu cabeza. Adiós moreno, adiós soledad. Debería haber algún decreto del código penal que regule esa invasión como "crimen contra el desempleado que busca paz lejos del mundanal ruido".

He llegado a la conclusión de que este tipo de familias sufren el "síndrome del domingo vacío". Llegan a una playa vacía y se sienten desprotegidos, sin armas, sin saber qué hacer. Se espantan con la idea de que los demás veraneantes se han esfumado y recurren a ti como socorro. Te sientes como la última superviviente. Y, cuando descartas la orden de alejamiento (para huir de todo el papeleo) empiezas a diseñar estrategias que van desde el "me tumbo y voy arrastrándome poco a poco" para separarme de ellos, "coloco el bolso al otro lado para crear ilusión de lejanía" o "vuelvo del baño y aprovecho que coloco la toalla para instalar los bártulos más lejos". Cualquier opción práctica que te devuelva aunque sea una ínfima sensación de libertad vale.

Así que no, hoy es miércoles pero me quedo en casa. El mejor consejo que me han dado es que hay que darle prioridad a las cosas importantes. Por eso me quedo estudiando, que septiembre está a la vuelta de la esquina y mi máster en marketing debe estar finiquitado para entonces. Otra de las pesadillas de los desempleados es acarrear lastres que, sabemos, tendríamos que tener solventados hace ya tiempo. Porque esa es otra, tener tanto tiempo libre da pie a los demás a decirte, ¿aún no has acabado esto u lo otro?. Es fácil juzgar a los demás, pero nos cuesta horrores ponernos en otra piel. Y sino que se lo digan a la familia que por poco llevo a los tribunales por "invasión de perímetro". Y es que sí, somos muy "de leyes".

Así que me levanto temprano para avanzar, me compro libros de inglés perfectos para llevar en el bolso a cualquier parte, leo aquellos libros que compré en su día y esperan en la estantería para nutrirme de las esperanzas que esconden sus historias y escribo aquellas cosas pendientes que he relegado tantas veces a un segundo plano. Y de paso actualizo el blog para haceros reír un poco con mis locuras mentales. Pero siempre, abriéndome en canal. Hoy, con los sinsabores del verano.


Felices vacaciones, yo seguiré contándoos cosas para sentir que lleno algún vacío, la sensación que siempre me ha aportado este blog, cuya razón de ser es parte esencial en mi vida y un motivo para continuar.


Gracias por leerme y… en la playa “no dejéis que nadie os arrincone”. Quedáos a luchar. Aunque cuidado con venirse arriba, no intentéis esto en el agua, que solo faltaría que alguien se lesionara en verano. 



domingo, 11 de junio de 2017

Buscando el regalo de la novia



La fugacidad de los momentos es esa ciencia incierta que irrumpe sin avisar. Cuántas veces, cuando creíamos que era más temprano, no habremos dicho:  madre mía, ¿Ya son las diez de la noche?. Cuando me pasa eso pienso, pero ¡si no tengo hambre!, por eso de que el estómago hace las veces de reloj. 

Es por eso que momentos como ir al dentista se hacen eternos (estás toda la semana pensando que el viernes tienes cita y encima te va a fastidiar el fin de semana) y otros como casarte (el día de tu boda en general) parece que hayas entrado en la máquina del tiempo de casa vestida de novia para después aparecer con un micrófono cantando en el karaoke a las seis de la mañana. 


Y, ya me lo advirtieron, “disfruta del día al máximo que pasa volando”. Y nunca eres plenamente consciente del peso de las palabras hasta que llegas por ti mismo a experimentar. Pues sí, por eso de que el tiempo es oro, de que hay que vivir las cosas intensamente y dejarte llevar por la felicidad. Y pasa mucho. Constantemente. La vida te da cientos de oportunidades para apreciar el tiempo. 


Y la verdad es que nunca imaginé que podría enamorarme de un día. De la perfección de los sueños estallando. De que los instantes se queden impregnados en un cielo azul que luego ves cubriéndose de amarillos para luego más tarde llenarse de estrellas. Todo en cuestión de lo que parecieron segundos. 


Me lo advirtieron y sabía que llevaban razón. Siempre ocurre por ejemplo cuando llega un reencuentro con alguien que llevabas esperando meses y ese fin de semana, esos días en los que por fin disfrutáis de vuestra mutua compañía, simplemente se marchan a la desesperada dejando una agitadora aunque dulce resaca emocional.


Pero no hace falta que sea nada trascendental para que el tiempo pase volando ni que las pequeñas dosis de felicidad tengan una importancia vital en tu vida. Sonreímos por lo más simple. La tontería de que tu cumpleaños caiga en sábado, que haya degustación de queso gratis en el supermercado o que pilles en descuento los vestidos cuando entras por casualidad a tu tienda favorita.



Gracias por dedicar un día de vuestra vida a celebrar con nosotros el día más feliz de la nuestra




Un día. Un día puede cambiarte la vida. Y, cuando vi mi vestido de novia metido en la bolsa de la tintorería analicé cómo era posible que algo tan feo como ese trozo de plástico fuera incapaz de eliminar toda la carga melancólica que guardaba en su interior. Por supuesto, localizas rápidamente la funda original del vestido porque sabes que merece estar guardado en condiciones apropiadas. 


Y pensando en qué quería contaros de ese día tan especial de innumerables recuerdos de esos que te erizan la piel, me vino la reflexión de la fugacidad del tiempo. Y fue acuciante el querer remontarme al año en el que debe situarse la historia que quiero contaros.


Era noviembre de 2010 y me paseaba por Londres con este bolso de tela que me había prestado mi amiga Inma. Iba a quedarme un mes en su casa y, casi todos los días, llevaba la comida ahí preparada para hacer turismo e ir de un lado a otro.

El famoso tapper y los picnics que tanto me gustan. Almorzaba en sitios como los escalones del Museo británico, en High Park o Trafalgar Square. Lugares de paso, o donde emplear horas contemplando estampas londinenses o paseando.


Inma trabajaba todo el día así que me apunté a clases de inglés por la mañana y por la tarde. El resto del tiempo me perdía por la ciudad. Y esa bolsa de tela fue una gran compañera en todas aquellas experiencias. 

Casi todos en la ciudad las llevaban. Las veía por todas partes. Para los libros, para la comida… Era lógico utilizarla para la vida diaria de una gran ciudad, donde todo está lejos y cuando te marchas de casa debes llevar la vida a cuestas prácticamente.

Mi hermana con la bolsa de tela que le regalé la pasada Navidad


Siempre me han llamado muchísimo la atención las bolsas de tela reciclada con algún dibujo o mensaje. 

En Nothing Hill encontré una bolsa de tela promocionando este barrio tan de película. No pude resistirme y me la compré. Sin duda mejor que cualquier otro souvenir.


Ésta otra por ejemplo me la trajeron mi hermano y Silvia de su viaje de novios.



Cuando tuve que pensar en qué regalar el día de mi boda me acordé de todas las cosas que me habían regalado en todas las bodas a las que había ido. Y pensé en cuántas veces las había usado. Quería algo diferente y que las invitadas tuvieran un regalo práctico y original. 


Después le daba vueltas a qué quería obsequiar que hablara de mí, de mi forma de ver la vida, de lo que me apasiona o de lo que me trae recuerdos. 

Y luego llegó ella. Mi madre que, en cuanto me oyó sugerirlo (obviamente yo sabía que era una pequeña locura), me contestó tan normal, -Pues yo te las hago. 


¿Cómo?, me quedé alucinada por su seguridad. -Mamá, le dije. ¿Me estás diciendo que vas a coser cien bolsas de tela?. Es una locura. Telas, trabajo, tiempo. –Tampoco es para tanto, me contestó. Sí que tienen trabajo pero, por ejemplo, si las buscaras en Internet las ibas a encontrar de mala calidad y no iban a ser tan bonitas. No podía tener más razón.




Y así fue como lo hizo una vez más. Mi madre y su eterna manera de hacerme feliz. He crecido junto a sus máquinas de coser. Viéndola horas y horas sacando patrones, haciendo sus propios vestidos, chaquetas, trajes. Vistiéndonos a mi hermana y a mi de arriba a bajo con prendas a las que siempre le añadía su toque personal.
Y así de guapa iba mi hermana en su graduación, con un conjunto hecho por ella. 

Para mi asombro, tras el verano (aún quedaba medio año para la boda) ya las tenía listas. Y es que en primavera, en cuanto hablamos del tema, empezó poco a poco a comprar las telas y se puso a trabajar día a día en las bolsas.

Luego, de vacaciones en el pueblo de mi novio compré otros tantos metros de diferentes de telas. Incluso mi padre trajo a casa un día una tela que le había gustado. Todos en casa estábamos implicados. Mi tita también se ofreció para hacer unas cuantas bolsas en su casa. Y así fue como entre todos hicieron mi sueño realidad dándole la vuelta a la pequeña locura. 


Cada vez que llegaba una tela nueva a casa me emocionaba imaginando a mis amigas yendo a la playa, a clase, al trabajo, a tomarse algo con esas bolsas tan bonitas, como yo misma había hecho tantas veces. Que eran perfectas para ir de viaje, llevar cosas accesorias a cualquier parte o simplemente utilizarla de bolso para la compra. 


Y, después de la boda, mi alegría ha sido verlas con ellas del brazo. Escucharlas decirme cuánto le gustan o lo cómodas que son para el día a día. Y, cada vez que las veo, me marcho en sueños a Londres o a cualquier otra parte del mundo pero sobre todo a casa junto a mi madre sacando el patrón, cortándolas, cosiéndolas, rematándolas y perfilándolas hasta que quedaran perfectas. Porque esas bolsas han sido protagonistas conmigo del día más importante de mi vida y eso siempre se lo agradeceré de corazón a todos los que se implicaron.

Nunca olvidaré tampoco aquella tarde que pasamos mi hermana,  mi madre, mi prima, mi tita y yo envolviéndolas y enlazándolas con las tarjetas que las acompañaban.


Quise buscar la forma de rendirles un homenaje a todas esas madres que se vuelcan con sus hijos en el día más importante de su vida. Así, preparé una frase con la que las invitadas también se sintieran identificadas junto al mismo diente de león que había protagonizado la invitación de boda.

Tras aquel día me he encontrado con diversos modelos de las que ahora han bautizado como Totebag (bolsa de mano). Las he visto en eventos como la reciente Noche en Blanco de Málaga e incluso muchas empresas crean la suya para promocionarse. 
Mi madre tenía razón. No hubieran quedado tan bonitas. Pero sin duda volví a cerciorarme de algo que aprendo de múltiples formas a lo largo del día. Si quieres que algo tan personal quede bien, hazlo tú mismo o al menos implícate al máximo poniéndole ilusión.

Saborea los instantes. Se marchan sin despedirse, sin pudor. El tiempo lo sabe. Sabe que me los quedo para mí para recrearme en ese erizar de la piel mientras recuerdo.
Gracias a nuestras familias por hacer de aquel día el más auténtico, el más real. Todo hecho en casa.